Un músico ciego para deslumbrar a Europa

Notas del musicólogo y periodista Pep Gorgori para el CD Cabezón, de Juan de la Rubia

 

 “Ha habido en palacio grandes danzas, y Su Alteza ha bailado con todas las señoras infantes y muchas damas”

Raimundo de Tassis, Correo Mayor de España, muestra en sus cartas al cardenal Granvela, secretario de Carlos V, una faceta de Felipe II que no se corresponde exactamente con la imagen de conservadurismo y austeridad que nos ha llegado de él. La frase que encabeza este texto data de 1548, y fue escrita durante el primer viaje por Europa del entonces aún príncipe. Era un veinteañero con ganas de comerse el mundo y disfrutar de la vida, pero tenía una doble misión encomendada por su padre: conocer los territorios y las personas que iba a gobernar más tarde, y deslumbrar a Europa.

Para ello se hará acompañar de Antonio de Cabezón, organista ciego y una de sus personas más cercanas durante cuatro décadas. Pura diplomacia cultural: la supremacía española se demuestra con su arte. El músico también irá a Inglaterra durante los esponsales de Felipe con María Tudor y a los Países Bajos para recoger la corona de Carlos V cuando este abdica a favor de su hijo. Cabezón, Tiziano y Santa Teresa de Jesús conforman la base del universo cultural filipino junto con el arquitecto de El Escorial, Juan de Herrera.

Sorprende que en el siglo XVI un ciego analfabeto -era imposible que en aquella época un invidente pudiera leer y escribir- fuera capaz de condensar en su música el pálpito de la cultura europea del momento. La imprenta, el oro de América, Copérnico, Servet, Erasmo, Lutero y Calvino entre tantos otros están cambiando el mundo. Precisamente, la comitiva real del príncipe Felipe pasa por Trento mientras se celebra el Concilio que certificará el cisma entre católicos y protestantes. Todo ello, justo antes de la publicación de la primera novela moderna, Don Quijote de La Mancha, ya a principios del XVII, y de la aparición de un nuevo entretenimiento, la ópera, que con L’Orfeo, de Claudio Monteverdi, se hace definitivamente un hueco en los salones de la nobleza.

La esencia del siglo XVI está en la música de Cabezón, poseedor de “una vista maravillosa del ánimo” que le abrió “los ojos del entendimiento”, según su hijo Hernando. La capilla flamenca de la corte española le permitió conocer la polifonía centroeuropea, mientras que en sus viajes con el príncipe se empapó de las danzas y melodías más populares del continente.

En su legado hay partes de misas, pero también tientos que sirven tanto para acompañar a la liturgia como para distraer en las reales cámaras. Pavanas, glosas, discantes y diferencias completan un catálogo donde la imaginación musical se desborda. Su arte sorprendió a cuantos lo conocieron. Probablemente sus diferencias explican el desarrollo de las variaciones en Tallis y Byrd -presentes en la corte inglesa durante su visita-, y su técnica al teclado abrió las puertas a Sweelinck y a la escuela organística alemana.

Lo expuesto justifica sobradamente la publicación de cualquier nuevo disco con su música, pero en el caso concreto de este, conviene también fijarse en el instrumento escogido y en la relación entre el intérprete y el compositor.

Cabezón debió conocer más de un claviórgano. Hoy queda solamente una veintena de originales en diversos museos, de los que únicamente funciona el que protagoniza este disco, el Hauslaib del Museo de la Música de Barcelona. El tañedor ciego, en cambio, tuvo varios a su alcance. Había uno en Tordesillas, donde la infanta Catalina lo tocaba para hacer más llevadero el confinamiento de la reina Juana I de España, mal definida con el epíteto la Loca. Otro más aparece en las actas capitulares de la Basílica de El Pilar, en Zaragoza, en la misma época en la que Cabezón pasó por allí camino de Italia. También se mencionan claviórganos en los inventarios de bienes de Felipe II y Enrique VIII, fallecido justo antes de la estancia de nuestro músico en Londres. El Hauslaib del Museu de la Música fue construido hacia 1590 en Nuremberg, por encargo del duque Baltasar de Zúñiga, que llegó a ser Ministro Principal bajo el reinado de Felipe IV.

Juan de la Rubia tenía sólo 11 años cuando escuchó por primera vez la música de Cabezón. Quedó fascinado al escuchar las Diferencias sobre el Canto del Caballero en el programa “El órgano de RNE y, más de dos décadas después, ha preparado esta selección personal pensada expresamente para el instrumento cortesano en el que la interpreta. El Canto, precisamente, se ofrece en dos versiones: una, con los registros del órgano; otra, con la espineta sola. La misma obra y el mismo intérprete, con instrumentos diferentes, dan resultados muy diferentes. Fuimos incapaces de descartar una de las dos.

Todo a punto, pues. Cabezón, Juan de la Rubia y un instrumento único en el mundo. Estamos en la Sala 4 de L’Auditori de Barcelona, bautizada con el nombre de Alicia de Larrocha. Nuestro alquimista del sonido, Pere Casulleras, se da un aire quijotesco mientras, ayudado por su escudero Gerard Font, dispone en un punto estratégico su esfera de madera: una gran cabeza con dos orificios, los oídos del micrófono, pero sin ojos. Paul Poletti cuida de la espineta y repara sus muelles usando cerdas de jabalí, ya que fue reconstruida con los materiales de la época. Oscar Laguna repasa la afinación del pequeño órgano que lleva 400 años perfectamente ensamblado sin un solo tornillo, y acciona incesantemente sus fuelles. En la grabación hemos respetado el crujido y el chirriar de estos: como las arrugas en la piel de un anciano, son parte de la personalidad del instrumento y lo hacen especialmente venerable.

No podemos viajar en el tiempo y oír con los oídos de los que acompañaron en sus andaduras a Antonio de Cabezón. Pero si bajamos los párpados y, cegados, escuchamos su música con “los ojos del entendimiento”, quizás…